– Señora -repitió la secretaria en voz más alta. Ya estaba a sólo dos metros de la puerta.

– No puede…

Emma posó su mano en el pomo de la puerta.

– No puede entrar ahí.

Pero ella ya había abierto la puerta. Cuatro hombres con trajes oscuros y sentados alrededor de una mesa se giraron para mirarla. Dos tenían el pelo canoso y la miraban con reprobación. Otro de los hombres era más joven y rubio. Contenía una sonrisa, pero sus brillantes ojos azules no la engañaban, parecía estar agradecido por la interrupción. El cuarto caballero se puso en pie de inmediato. Era moreno y tenía los ojos oscuros y anchos hombros. Parecía preparado para echarla de allí sin pensárselo dos veces.

– Lo lamento mucho, señor Garrison -se disculpó la secretaria entrando tras Emma-. Intenté…

– No es culpa tuya, Simone -replicó sin dejar de mirar a Emma-. ¿Puedo ayudarla en algo?

Emma apenas podía contener su enfado. Se concentró en Alex Garrison.

– ¿Creía que iba a dejar que se saliera con la suya? -le preguntó.

– Como puede ver, estamos reunidos -contestó Alex con frialdad.

– Me importa muy poco si…

– Si quiere reservar cita para hablar conmigo…

– No, gracias.

– Entonces, tengo que pedirle que se vaya.

– ¿Sabe quién soy?

– No.

– Mentiroso.

– Voy a llamar a los de seguridad -dijo Simone.

Alex levantó las cejas y la miró con curiosidad. Parecía que de verdad no sabía quién era. Emma no podía creerlo. Era cierto que Katie era la cara más conocida de la empresa. pero aun así…

– ¿Necesitamos a los de seguridad? -le preguntó Alex.

– Soy Emma McKinley.

Alex se quedó muy sorprendido. Durante unos segundos, no supo qué decir. Después, se dirigió a los otros hombres.

– Si me disculpan, señores, creo que debería dedicarle cinco minutos a la señorita McKinley.

Los hombres comenzaron a levantarse, pero Alex levantó la mano.



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