
– No se muevan, creo que atenderé a la señorita McKinley en la sala de conferencias.
Alex señaló una puerta con la mano para que ella pasara delante de él. Cruzaron otra habitación y entraron a otra sala. Era enorme y estaba dominada por una enorme mesa ovalada. Estaba rodeada por una veintena de sillas, todas de piel granate. Los grandes ventanales proporcionaban una estupenda vista de Manhattan. Oyó la puerta cerrarse y se giró para mirarlo.
– Espero que pueda ser breve -le dijo él mientras se acercaba a Emma.
De cerca era aún más impresionante. Su espalda era ancha y su torso fuerte y musculoso. Tenía una barbilla cuadrada y los ojos de color gris oscuro.
Emma tenía la sensación de que muy poca gente le llevaba la contraria y vivía para contarlo.
– No va a casarse con Katie -le dijo ella sin andarse con rodeos.
– Creo que eso es decisión de su hermana -repuso él, encogiéndose de hombros.
– Ni siquiera respeta la muerte de mi padre.
– Eso no mejora su situación financiera.
– Puedo solucionar yo sola nuestra situación financiera, gracias.
Al menos, eso esperaba. En el peor de los casos, conseguiría otra hipoteca sobre su casa en Martha’s Vineyard, una de las zonas más exclusivas del país.
Alex inclinó la cabeza a un lado antes de hablar.
– Puedo conseguirles un crédito en veinticuatro horas. ¿Puede arreglar su situación financiera así de rápido?
Ella no contestó. Él sabía de sobra que Emma no tenía capacidad para hacer algo así. Le llevaría semanas, o incluso meses, conseguir descifrar el laberinto de créditos, hipotecas y deudas creado por su padre.
Se le hizo un nudo en el estómago. No entendía por qué su padre había tenido que morir tan joven. Lo echaba muchísimo de menos. Pensaba que iba a poder contar con su compañía y consejos durante muchos años.
– ¿Señorita McKinley?
– Para empezar, ¿por qué está interesado en los hoteles McKinley?
