
Alex comenzó a pensar en todas las posibilidades.
– No puedo dejar que les haga esa oferta. -Ryan asintió. Pero Alex no sabía cómo iba a conseguir deshacerse de Murdoch antes del lunes. Casarse con Emma rápidamente era la única opción.
– Me pregunto si le gustaría ir a Las Vegas…
– No puedes casarte con Emma en menos de cuarenta y ocho horas.
– El avión privado está en el aeropuerto de Nueva York. No necesitaría ni cinco horas para hacerlo.
– ¿No crees que una rápida boda en Las Vegas parecerá sospechoso y oportunista?
– Prefiero parecer oportunista que arruinar todo el acuerdo.
– ¿Y qué pasará cuando Murdoch hable con ella?
– Para cuando eso ocurra, Emma será ya la señora de Alex Garrison.
Ryan sacudió la cabeza.
– No me gusta. No queremos que Murdoch consiga hablar con ella.
– No podemos impedir que lo haga.
Al fin y al cabo, era un país libre y la cadena de hoteles de Murdoch tenía la capacidad de ponerse en comunicación con Emma de mil maneras.
– Podemos evitar que lo haga haciéndole saber que no tiene sentido que hable con ella.
– Hay cientos de millones de dólares en juego.
– Sí -reconoció Ryan-. Y vamos a hacer que piense que es todo nuestro.
Alex reconoció el brillo en los ojos de Ryan. Eso hizo que se calmara, sabía que se le había ocurrido alguna idea.
– ¿Cómo?
– Necesitamos cuatro cosas -dijo Ryan.
Alex lo escuchaba con atención. Había una razón por la que había convertido a ese hombre en su socio: era un genio de la estrategia.
– Necesitamos los informes financieros de McKinley, un topo en Dream Lodge, unos cuantos trucos de marketing y a Emma McKinley con un anillo en el dedo.
Alex podía encargarse del marketing y del anillo. Suponía que podía convencer a Emma de alguna manera para que le proporcionase los informes financieros de la empresa cuanto antes. Pero en la cadena Dream Lodge no tenía ningún contacto.
