– ¿De verdad?

– Bueno, no en mí.

– ¿Por qué no? -repuso él, mirándole el escote.

– Alex… -repuso ella.

Tenía que parar todo aquello.

– ¿Tienes algo en tu dormitorio que me pueda gustar? -le preguntó él, señalando la puerta con la cabeza.

Ella se quedó callada sin saber qué contestarle.

– No, no tengo nada -mintió Emma.

– Seguro que sí -repuso él, apartando un mechón de su cara-. Venga, Emma, cuéntame alguno de tus oscuros secretos.

Ella pestañeó, intentando mantener el control para no dejarse caer en la hipnotizante profundidad de sus ojos grises. Tenía que ser fuerte y concentrarse en lo que era importante.

Pero cuando él le frotó la sien con sus dedos, Emma dejó de pensar. Alex le acariciaba el pelo y ella se relajó, sus hormonas se activaron, enviando mensajes confusos al resto de su cuerpo, ruborizando su piel y preparando sus labios.

El deslizó su mano por el cuello de Emma, ariayéndola hacia sí, giró la cabeza y se acercó más. Parecía a punto de besarla, y ella lo estaba esperando. Su cuerpo anhelaba que ocurriese, aunque su mente le decía que no era una buena idea.

– Mi más oscuro secreto es que quiero… -susurró él con voz seductora-. Que quiero tus informes financieros.

Sus palabras fueron un jarro de agua fría. Pero lo agradeció, al menos eso creía. Sabía que habría sido una estupidez que se besaran. Emma se apartó unos centímetros.

– Muy bien, te los doy y te vas.

El asintió con media sonrisa. Le brillaban los ojos. Pero Emma no quería pensar en eso. Recordó que todo era un acuerdo comercial; sólo se trataba de negocios.

Fue hasta su ordenador y buscó el informe financiero del último trimestre, imprimiendo una copia. Cuando salió de la impresora, se lo entregó a Alex.

– Gracias -le dijo él, yendo hacia la puerta.



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