
– ¿Te parece que estoy libre? -repuso ella, mirándose de arriba abajo.
– No, estás… -dijo él con una sonrisa.
– ¡Déjalo!
– Iba a decir que estás muy mona.
– No, ibas a decir que estoy horrible.
Alex frunció el ceño durante un segundo.
– ¿Por qué siempre…?
– ¿Qué es lo que quieres, Alex? -preguntó ella, disgustada.
El sacudió la cabeza y tomó un sobre que tenía en el maletín.
– Quiero intercambiar informes financieros.
– Llámame mañana por la mañana. Tenía ganas de dormir.
– Voy a estar ocupado todo el día.
– Bueno, yo voy a estar ocupada toda la noche. El se quedó quieto de pronto y miró hacia la puerta que daba al dormitorio.
– ¿No estás sola?
Tardó un segundo en entender lo que quería decir.
– Sí, estoy sola.
– Ya. Pensé que a lo mejor estabas teniendo una última aventura.
– No soy ese tipo de chica.
El la miró de nuevo con interés.
– ¿De verdad?
– ¿Crees que estaría así vestida si tuviera compañía ahora mismo?
– Ya te he dicho que estás muy mona.
Ella gruñó, frustrada.
Alex se acercó a ella.
– En serio, Emma. No sé de dónde sale toda la inseguridad que tienes en ti misma.
No sabía cómo responder a su comentario.
– Eres una mujer preciosa -añadió con voz suave.
– ¡Ya vale! -replicó ella, enfadada.
Estaba segura de que estaba probando con ella sus mentiras y sus trucos de conquistador, intentando llevársela a su terreno.
– No te subestimes, Emma -le dijo él, acercándose peligrosamente.
Ella intentó respirar con normalidad e ignorar la corriente de deseo que la recorría.
– Tienes un gusto muy extraño.
Los labios de Alex se curvaron lentamente, formando una sonrisa. Se dio cuenta entonces de lo sexy que era su boca.
– ¿Crees que prefiero la seda y el satén? -le preguntó él, despacio.
– Creí que preferirías encaje negro y tacones altos. -Se arrepintió incluso antes de terminar de hablar. El levantó las cejas, sorprendido.
