– Ya te he dicho que no sé jugar.

– Es fácil.

Se acercaron a una mesa de juego rodeada de taburetes.

– Súbete -le dijo él al oído.

Ella intentó no reaccionar al tenerlo tan cerca, pero él le rozó de manera casual su espalda desnuda y no pudo evitar que se le pusiera la carne de gallina.

– ¡Ahí estáis! -exclamó Katie, acercándose a ellos-. ¡Esto es genial!

– Genial -repitió Emma, aliviada por la llegada de su hermana.

Katie se sentó en el taburete al lado del suyo y le pidió a David que le comprara fichas para jugar. El crupier dejó cuatro montones de fichas frente a Emma.

– ¿Qué hago ahora? -le susurró Emma a Alex.

Estaba tan cerca, que podía inhalar su aroma y sentir su traje contra su espalda desnuda.

– Haz una apuesta y colócala en el cuadrado blanco.

– ¿Por qué tienen distintos colores las fichas?

– No te preocupes por eso.

Hizo su apuesta, y el crupier les entregó una carta a cada uno, colocándola boca arriba.

– Pero pueden ver mis…

– No pasa nada. Sólo juegas contra el crupier -la tranquilizó Alex.

– Pero el crupier también me ve las cartas. No es justo…

– Confia en mí.

Emma se dio la vuelta. No podía creerse que le dijera que confiara en él. Alex había dejado muy claro la noche anterior que sólo le preocupaban sus propios intereses.

– Emma.

– ¿Sí?

– Mira tus cartas.

Tenía una reina y un as.

– Has ganado.

Sólo se trataba de suerte, pero no pudo evitar sentirse orgullosa de lo que había logrado.

– Apuesta más esta vez -le dijo él.

Hizo lo que le decía y colocó tres fichas en vez de dos.

– Va a ser una noche muy larga si apuestas así…

– Entonces, ¿por qué no lo haces tú?

El se acercó y le tocó el hombro.



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