Mariah cerró la verja y de inmediato tomó el sendero que llevaba hacia el mar. En verano debía de estar flanqueado de brotes y flores de espino. Ahora estaba desnudo y húmedo. Después de haber vivido todo aquel tiempo en el desierto y en lugares por el estilo, si el viento era lo bastante frío, la humedad bastaría para que Maude desistiera de la idea en media hora como mucho.

Pero Maude era una mujer indecentemente sana y estaba acostumbrada a caminar. Mariah tuvo que hacer acopio de aliento y de todas sus fuerzas para seguirle el paso. Había un kilómetro y medio hasta la costa, y Maude no flaqueó ni una sola vez. Parecía dar por sentado que la vieja dama no tendría dificultad en seguir su ritmo, lo cual era muy irritante y bastante desconsiderado por su parte. Mariah era como mínimo quince años mayor que ella, o más, y, claro, era una dama, no una criatura que iba a pie por el mundo, como si no tuviera carruaje propio.

Era un cielo inmenso y salvaje: un doloroso vacío azul interrumpido solo por unas cuantas nubes, como colas de caballo deshilachadas, al este, en el horizonte, sobre el mar. Las gaviotas, un destello blanco en el sol del invierno, trazaban giros y planeaban en el aire, profiriendo sus agudos gritos como niños bulliciosos. El viento ondulaba la hierba sin flores, y todo olía a sal.

– ¡Esto es maravilloso! -dijo Maude rebosando felicidad-. Nunca había olido nada tan limpio y tan ferozmente vital. Es como si el mundo estuviera colmado de risas. Me alegro tanto de volver a estar en Inglaterra… Había olvidado que el espíritu de la tierra es todavía indómito, a pesar de todo lo que le hemos hecho. ¡Estuve en Snave tan poco tiempo que no tuve oportunidad de salir de casa!

Esta mujer no está en su sano juicio, pensó Mariah con pesar. ¡No le extrañaba que su familia quisiera librarse de ella!

Subieron la colina y el paisaje del canal de la Mancha se abrió ante ellas: la larga franja de arena, el viento y el agua que palidecía hasta resplandecer de blancura con la luz.



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