
¡Mariah no tenía ni la más remota idea de qué demonios estaba farfullando! Solo una afilada sospecha, como una herida demasiado profunda para notarla al principio, fina como la daga de la envidia, que te traspasa sin que te des cuenta.
¿Qué se podía responder a semejantes cosas? Debía de haber algo que estuviera a la altura, pero ¿qué decir ante tantas emociones desnudas? Era tan indecoroso como desnudarse en público. No era de buen gusto. Eso era lo que pasaba cuando se viajaba a países extranjeros… y no solo extranjeros, sino también paganos. Sería mejor olvidar todo el episodio.
Pero claro, era del todo imposible. La tarde era fría pero muy clara y soleada, aunque el viento era cortante. La única solución era huir.
– Saldré a dar un paseo -anunció Mariah cuando acabó la comida-. Tal vez me haga bien respirar un poco de aire marino.
– ¡Excelente idea! -dijo Maude con entusiasmo-. Es un día perfecto. ¿Le importa si la acompaño?
¿Qué iba a decir? No podía negarse.
– Me temo que no habrá flores de jazmín ni búhos, ni puestas de sol en el desierto -respondió fríamente-. Y me atrevería a decir que lo encontrará frío… y… ordinario.
Una sombra cruzó el rostro de Maude, pero era imposible asegurar si se debió a la idea de la marisma solitaria y el viento marino, o a la negativa implícita en la respuesta de Mariah.
Mariah sintió una punzada de culpa. A la mujer se le había negado el consuelo y el refugio de su propio hogar. Merecía al menos un poco de cortesía.
– Pero por supuesto será bienvenida -añadió a regañadientes. Condenada mujer, que la ponía en la situación de tener que decir eso.
Maude sonrió.
– Gracias.
Salieron juntas, bien abrigadas con capas y chales, y, por supuesto, unas resistentes botas de invierno.
