Claro que la desdichada siempre estaba dispuesta, y durante toda la cena -el rosbif, el pudin de Yorkshire y las verduras, y luego la Charlotte de manzana y crema- tuvieron que escuchar las descripciones de los jardines en ruinas de Persia.

– Me quedé allí junto a la orilla del arroyo que salpicaba los azulejos de cerámica azules, en su mayoría rotos -dijo Maude, sonriendo pero con los ojos húmedos por el recuerdo-. Estábamos muy arriba y miré a través de los viejos árboles hacia la llana planicie marrón. Cuando vi los caminos que parten al este hacia Samarcanda, al oeste hacia Bagdad, y al sur hacia Ispahán, mi imaginación echó a volar. Los nombres eran ya como un encantamiento. Mientras me envolvía el crepúsculo, los blancos se convertían en oro y en fuego y en la extraña suntuosidad del pórfido… en mi mente oigo aún las campanillas de los camellos y veo sus peculiares andares mientras avanzan en silencio, como sueños que atraviesan la noche inminente, incitando a las aventuras del alma.

– ¿No es difícil a veces? -preguntó Caroline, no como crítica sino tal vez incluso con lástima.

– ¡Oh, sí! A menudo -admitió Maude-. Estás sedienta, te duele todo el cuerpo y estás tan cansada que venderías todo lo que posees por dormir bien una noche. Pero sabes que vale la pena. Siempre vale la pena. El dolor solo dura un momento, la alegría dura siempre.

Y así siguió la historia. De vez en cuando picaba una nuez de macadamia de las que ella había aportado a la mesa para compartir, diciendo que se las había dado su familia, pues sabían que sentía debilidad por ellas.

Solo Joshua aceptó.

– Demasiado indigestas -dijo Mariah, a quien aquella situación cada vez la irritaba más.

– Lo sé -reconoció Maude-. Me atrevería a decir que esta noche lo lamentaré. Pero con un poco de pipermín se aliviará.



19 из 101