– Yo prefiero no cometer la tontería de comerlas -dijo con mucha frialdad Mariah.

– ¿Quiere pipermín? -preguntó Caroline-. Puedo ofrecerle pipermín, si desea.

– Antes prefiero demostrar un poco de autocontrol -respondió Mariah, como si la oferta fuera dirigida a ella.

Maude sonrió.

– Gracias, pero me queda una dosis y estoy segura de que será suficiente. Hay tantas nueces que no puedo resistirme.

Volvió a ofrecer el plato a Joshua, quien tomó dos más y le pidió que continuara con sus relatos de Persia.

Mariah intentó ignorarla.

Parecía como si mañana, tarde y noche estuvieran obligados a hablar o escuchar relatos de un lugar extraño, y fingir que los encontraban interesantes. Había estado en lo cierto en su primera apreciación: aquella sería la peor Navidad de su vida. Nunca perdonaría a Emily por desterrarla a ese lugar. Era monstruoso.


Mariah se despertó a la mañana siguiente cuando oyó a una de las doncellas arañando y golpeando la puerta. ¿Es que la falta de consideración no tenía límites en aquella casa? Se sentó en la cama justo cuando la estúpida muchacha irrumpía en la habitación, blanca como el papel, con la boca abierta y los ojos como dos agujeros en medio de la cara.

– ¡Cálmate, muchacha! -le espetó Mariah-. ¿Qué demonios te ocurre? Ponte derecha y deja de lloriquear. ¡A ver, explícate!

La chica hizo un esfuerzo descomunal, tragó saliva, respiró hondo y habló entre sollozos.

– Por favor, señora, ha pasado algo terrible. La señorita Barrington está tiesa como una muerta en su cama.

– ¡Tonterías! -respondió Mariah-. Estaba perfectamente bien ayer por la noche durante la cena. Lo más seguro es que esté profundamente dormida.

– No, señora, no está dormida. Sé cuando alguien está muerto nada más verlo… y tocarlo. Está muerta, tiesa como la mojama, sí señora.



20 из 101