– Ha… ha sido muy amable por su parte -tartamudeó Agnes-. Qué cosa tan terrible para usted… una invitada en su casa… prácticamente una extraña.

De repente una brillante idea iluminó la mente de

Mariah. Se levantó como un rayo y casi sintió su calor en el rostro.

– ¡Oh, no, en absoluto! -dijo con convicción-. Maude y yo pasamos horas conversando. -Le asombraba su propia audacia-. Me contó muchas cosas sobre… ¡oh, muchas cosas! Sus emociones, sus experiencias, dónde había estado y la gente que había conocido. -Gesticuló con las manos para dar mayor énfasis a sus palabras-. Créanme, hay personas a las que frecuento desde hace años y de las que sé mucho menos. Nunca había trabado amistad con nadie tan rápido y con un afecto tan natural. -Era una mentira monstruosa-. Debo admitir que la confianza que depositó en mí me resultó muy reconfortante, y por eso no podía permitir que nadie más viniera a contárselo -se apresuró a añadir-. Nunca olvidaré a Maude, ni la confianza que tuvo en mí al hablarme de su vida y de su significado.

Sintió una extraordinaria emoción al hacer semejantes declaraciones como si fueran ciertas, como si ella y Maude se hubieran convertido en auténticas amigas.

Con una pizca de sensación de absurdo, pero también de cierta ternura, se percató de que no era del todo falso. Maude le había contado más cosas de su vida en un día que la mayoría de sus conocidos durante años, ¡aunque no le hubiera revelado ningún detalle sobre su maldita familia!

Y a regañadientes, como si estuviera sajando un forúnculo, Mariah tuvo que admitir que había llegado a apreciar a Maude; en cualquier caso más de lo que esperaba, teniendo en cuenta que había sido una imposición en casa de Caroline por Navidad… ¡sin que ni siquiera la hubieran invitado!

Bedelía la miró con incredulidad.



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