
– Bienvenida a Snave, señora Ellison -dijo de manera cariñosa-. Siento que la traiga hasta aquí una noticia tan triste. ¿Puedo ofrecerle té, o prefiere algo más fuerte, como una copa de jerez? Sé que es pronto, pero el viento es espantoso y debe de estar usted helada, y tal vez también cansada.
– Es usted muy generoso y comprensivo -aceptó Mariah, acercándose al fuego y al asiento que Zachary había dejado libre para ella. Esperaba que si había un culpable de matar a Maude, si es que la había matado alguien, no fuera Arthur Harcourt.
– ¿Qué es lo que tiene que decirnos, señora Ellison? -preguntó Agnes Sullivan con voz temblorosa.
– Me temo que la señora Barrington falleció ayer por la noche mientras dormía -respondió Mariah en tono solemne-. Creo que debió de ser una muerte apacible, y parecía gozar de una salud y un humor excelentes, hasta el último momento. Nunca comentó que se encontrase mal. Lo siento mucho.
Observó durante un instante a cada uno de ellos, intentando juzgar sus reacciones. Aunque no es que estuviera segura de poder distinguir entre la culpabilidad, la conmoción o la pena.
Zachary parecía menos sorprendido que intrigado, como si no hubiera comprendido del todo el significado de sus palabras.
Agnes soltó una exclamación y se tapó volando la boca con la mano para impedirse gritar, en un gesto que recordaba al de Bedelia cinco minutos antes. Se puso pálida como la cera.
– Pobre tía Maude -murmuró Randolph-. Lo siento mucho, mamá -añadió mirando a Bedelia con preocupación.
Clara Harcourt no dijo nada. Como apenas había conocido a Maude, tal vez le pareció más adecuado no hablar.
La tez aceitunada de Arthur Harcourt cambió de color, entre blanco y gris, y sus ojos parecían desenfocados. ¿Qué estaría sintiendo? ¿Era el horror de la culpa ahora que el hecho era real?
– Siento traerles tan malas noticias. -Mariah se sintió obligada a llenar el silencio de los demás que parecía ahogar la habitación. El simple crepitar del fuego parecía una hoja rasgada en el viento.
