– Entonces llore su muerte con nosotros -dijo Arthur con amabilidad, interrumpiendo la secuencia de sus pensamientos-. Por favor, siéntase bienvenida aquí, y no piense en volver a Saint Mary esta noche. Se hará oscuro muy pronto y debe de estar usted cansada y afligida. Estoy seguro de que podemos proporcionarle todo cuanto necesite, como un camisón y artículos de aseo. Y, por supuesto, tenemos mucho espacio.

– Desde que lord Woollard se fue, la habitación de invitados está disponible -precisó rápidamente Clara.

– ¡Oh, sí!, el invitado que se alojaba en su casa cuando la pobre Maude llegó -observó Mariah-. ¡Son ustedes muy amables! En realidad les estaré muy agradecida. ¿Puedo informar a mi cochero de su generosidad, para que él regrese a Saint Mary? Es posible que el señor y la señora Fielding necesiten el coche mañana. Y claro, si no tienen noticias mías, pueden temer que me haya sucedido algo.

– Claro que sí-dijo Arthur-. ¿Quiere decírselo usted misma, o prefiere que le diga al mayordomo que le informe él?

– Eso sería muy amable por su parte -aceptó-. Y pídale que le hable a la señora Fielding de su amabilidad y que le diga que estoy bien… solo… solo un poco apenada.

– Claro.

La suerte estaba echada. ¿En qué demonios estaba pensando? Tenía retortijones y la boca seca.

Bebió el excelente jerez que le habían ofrecido y se permitió disfrutar durante un momento de su deliciosa calidez. Se había embarcado en una aventura. Debía verlo de ese modo. Aún estaba furiosa por el trato deplorable que habían brindado a Maude, incluyera o no ese trato el asesinato, ¡aunque ella creía que sí! Y estaba cansada y triste, triste de verdad. Maude estaba demasiado llena de vida para morir, demasiado contenta al probar nuevas experiencias para rendirse tan pronto. Y nadie merecía ser rechazado por los suyos, daba igual por qué motivo.



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