
Llamaron a la puerta y le provocaron un sobresalto tan violento que le entró hipo.
– ¡Adelante! -dijo volviendo a hipar.
A juzgar por su vestido negro, su sombrerito de encaje y el manojo de llaves que colgaba de su cintura, era el ama de llaves, una mujer bajita y bastante corpulenta, exactamente de la constitución de Mariah.
– Buenas noches, señora -dijo de modo muy cordial-. Soy la señora Ward, el ama de llaves. Es usted muy amable al venir a traer en persona la triste noticia. Se ha tomado usted muchas molestias.
– La muerte de Maude me ha apenado -confesó Mariah con toda franqueza, aliviada de hablar con un criado y no con un miembro de la familia-. Venir a contárselo en persona me parecía lo menos que podía hacer. Ella murió entre extraños, aunque fueron personas que la quisieron enseguida, y mucho.
La señora Ward se sonrojó como si sintiera tanta emoción que se viera obligada a disimularla.
– Me alegro mucho de que haya actuado de ese modo -dijo con un temblor en la voz y pestañeando rápido.
– Usted la conocía -dedujo Mariah forzándose a esbozar una sonrisa-. También usted debe de haberlo sentido mucho.
– Sí, señora. Empecé a servir aquí cuando aún era una niña. La señorita Maude debía de tener entonces dieciséis años.
– ¿Y la señora Harcourt? -preguntó Mariah con descaro. ¡Debía llevar a cabo su investigación! No podía andarse con sutilezas.
– ¡Oh!, ella tenía dieciocho. Y una belleza como no ha visto en su vida.
Mariah miró el rostro del ama de llaves; no había la menor luz en él. Sin duda respetaba a Bedelia Harcourt, incluso le era fiel, pero no la quería tanto como a Maude. Tenía que recordar aquel detalle. Los criados hablan poco, los buenos rara vez dicen algo, pero lo ven todo.
