John agasajaba como era debido a Robin Crusoe, feliz de tener a un personaje tan conocido en nuestro pequeño pueblo. Le señalaba que, si deseaba, se quedase mucho tiempo y todas esas cosas. John le presentó a Sally Allison, que estaba departiendo con nuestro socio más reciente, un oficial de policía llamado Arthur Smith. Si Robin era un tipo larguirucho, Arthur era bajo y recio, con una melena basta, rizada y pálida y la mirada decidida del toro que se sabe el macho más poderoso de la manada.

– Eres afortunada de haber conocido a un escritor tan famoso -le dije a Lizanne, celosa. Aún sentía la necesidad de hablar con alguien acerca de la llamada, pero Lizanne no era la persona más adecuada. Seguro que ni siquiera sabía quién era Julia Wallace. Y resultó que tampoco sabía quién era Robin Crusoe.

– ¿Escritor? -dijo con indiferencia-. Estoy aburrida.

La observé, incrédula. ¿Aburrida con Robin Crusoe?

Una tarde, cuando había ido a la compañía eléctrica a pagar mi recibo, me confesó: «No sé por qué, pero por mucho que me guste un hombre, tras salir con él una temporada, me cansa un poco. Me cuesta mucho actuar como si me siguiese interesando, y al final tengo que decirle que ya no quiero salir más con él. Siempre se molestan», añadía con una agitación filosófica de su brillante melena negra. La solitaria de Lizanne nunca se había casado, vivía en un diminuto apartamento cerca de su trabajo y comía en casa de sus padres todos los días.

Robin Crusoe, escritor deseable, llamaba la atención junto a Lizanne. Ella parecía… adormecida.

Se materializó de nuevo a su lado.

– ¿En qué parte de Lawrenceton vives? -pregunté, ya que el nuevo parecía muy consciente de que no bailaba al son de la música local.

– En Parson Road. En un adosado. Me quedo allí hasta que lleguen mis muebles, espero que mañana. El alquiler es muy bajo y el sitio es mucho mejor que cualquier otro cerca de la universidad.



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