
– ¿Y qué está haciendo aquí? -pregunté en plan práctico-. Con Lizanne.
– Lo averiguaré -respondió John inmediatamente-. Tengo que darle la bienvenida de todos modos, como presidente del club. Por supuesto que los visitantes son bienvenidos, aunque no recuerdo que hayamos tenido ninguno antes.
– Espera, tengo que contarte lo de la llamada -dije apresuradamente. El visitante me había distraído-. Cuando llegué hace unos minutos…
Pero Lizanne me había divisado y ya se dirigía hacia nuestro pequeño grupo arrastrando a su célebre acompañante.
– Roe, os he traído compañía esta noche -anunció Lizanne con su agradable sonrisa. Nos presentó a todos con soltura, ya que Lizanne conoce a todo el mundo en Lawrenceton. Mi mano acabó engullida en la grande y huesuda del escritor, y vaya si me la estrechó. Eso me gustaba; odio que la gente te dé una mano lánguida y te deje el trabajo a ti. Levanté la mirada hacia su boca rugosa y sus pequeños ojos avellanados. El conjunto me agradaba.
– Roe, te presento a Robin Crusoe, que acaba de mudarse a Lawrenceton -dijo Lizanne-. Robin, esta es Roe Teagarden.
Me dedicó una elogiosa sonrisa, pero estaba con Lizanne, así que no saqué conclusiones.
– Pensé que Robin Crusoe era un seudónimo -me murmuró Bankston al oído.
– Yo también -susurré-, pero se ve que no.
– Pobre tipo, sus padres debían de estar mal de la cabeza -comentó Bankston con una risa disimulada, hasta que, por mis cejas arqueadas, se dio cuenta de que estaba hablando con alguien que se llamaba Aurora Teagarden
– Conocí a Robin cuando vino a contratar los servicios de la luz -le estaba comentando Lizanne a John Queensland.
