Gifford Doakes se encontraba solo. Era algo habitual a menos que trajese con él a su amigo Reynaldo. Su interés estaba en las masacres (el Día de San Valentín, el Holocausto…, poco le importaba la diferencia a Gifford Doakes). Le encantaban los cadáveres apilados. La mayoría de nosotros estábamos metidos en Real Murders por razones de mucho peso, pero, vaya, ¿quién no leía los artículos de asesinatos en los periódicos? Pero Gifford era harina de otro costal. Quizá se había apuntado en la creencia de que intercambiábamos algún tipo de enfermiza pornografía sangrienta y seguía con nosotros con la esperanza de que algún día confiásemos lo suficientemente en él como para compartir nuestros secretos. Cuando se traía a Reynaldo, no sabíamos cómo tratar con él. ¿Era un invitado o una cita? Había una diferencia, y era de las que nos ponía un poco nerviosos, sobre todo a John Queensland, que consideraba su deber como presidente hablar con todos los presentes.

Y Mamie Wright sin aparecer por ninguna parte.

Si había tenido tiempo de ordenar las sillas y preparar el café, y si su coche estaba aparcado fuera, debía de estar en alguna parte. Aunque no me agradaba mucho, su ausencia me resultó tan extraña que me sentí en la obligación de investigar.

Justo cuando estaba llegando a la puerta, el marido de Mamie, Gerald, entró por ella. Llevaba un maletín bajo el brazo y parecía enfadado. Dados sus malos humos, y porque me sentía estúpida con mi propia incomodidad, hice algo extraño: a pesar de ir en busca de su mujer, le dejé pasar sin decir nada.

El pasillo estaba muy silencioso cuando se cerró la puerta detrás de mí. El linóleo blanco con motas y la pintura beis casi brillaban con su limpieza bajo el duro destello de las lámparas fluorescentes. Rezaba por que el teléfono no sonase otra vez mientras observaba las cuatro puertas del otro lado del pasillo. Con una fugaz y absurda sensación salida directamente de ¿La dama o el tigre?



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