Abrí la siguiente puerta del pasillo, los servicios de mujeres, a pesar de que Sally también había estado allí. Había solo dos apartados, así que estaba segura de que Mamie tampoco estaba allí. Aun así, me incliné para otear bajo las puertas. Vacío. Abrí las puertas. Nada.

Me faltó valor para comprobar el servicio de hombres, pero como Arthur Smith entró mientras yo dudaba, imaginé que no tardaría en saber si estaba Mamie dentro.

Seguí adelante. En los deslumbrantes tonos del pasillo, reparé en algo distinto que me hizo bajar la mirada hacia la base de la puerta y vi una mancha. Era marrón rojiza.

Los diferentes motivos de mi inquietud se condensaron de repente en puro horror. Contuve el aliento mientras extendía la mano para abrir la última puerta, la de la pequeña cocina que se usaba para preparar los refrigerios…, y vi un pequeño zapato turquesa tirado junto a la puerta.

Y entonces reparé en la sangre rociada por todas partes sobre el brillante esmalte beis del fogón y la nevera.

Y la gabardina.

Finalmente me obligué a mirar a Mamie. Estaba muerta. Tenía la cabeza con una inclinación imposible. Su pelo teñido de negro estaba salpicado de coágulos de sangre. Pensé que se suponía que el cuerpo está formado de un noventa por ciento de agua, no de sangre. Entonces me zumbaron los oídos y empecé a sentirme débil, y a pesar de saber que estaba sola en ese pasillo, sentí la presencia de algo horrible en esa cocina, algo temible. Y no era la pobre Mamie Wright.

Oí que una puerta se cerraba en el pasillo. Oí la voz de Arthur Smith que decía:

– ¿Ocurre algo, señorita Teagarden?

– Es Mamie -susurré, aunque intentaba que mi voz sonase con normalidad-. Es la señora Wright. -Arruiné todo ese esfuerzo por mantener las formas derrumbándome sobre el suelo. Mis rodillas parecían haberse convertido en goznes defectuosos.

Se puso detrás de mí al instante. Medio abrió la puerta para ayudarme, pero se quedó petrificado por lo que vio por encima de mi cabeza.



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