
– ¡No quiero que me ayudes, sino ayudarte yo a ti en lo que sea!
Me dejó sobre una silla de la sala de conferencias pequeña y me miró como si esperase a que terminase mi ofrecimiento.
– Esta noche iba a hacer una presentación del caso Wallace, ¿recuerdas? ¿William Herbert Wallace y su mujer, Julia, Inglaterra, 1931?
Asintió con su cabeza de pelo rizado pálido y supe que estaba a miles de kilómetros de allí. Me dieron ganas de volver a abofetearlo. Sabía que sonaba como una idiota, pero ya llegaba al fondo del asunto.
– No sé lo que recuerdas del caso Wallace; si no recuerdas algo, te puedo poner en antecedentes más tarde. -Agité las manos para indicar que eso era lo de menos, que allá iba lo importante-: Lo que quiero decirte, lo importante, es que Mamie Wright ha sido asesinada exactamente igual que Julia Wallace. La han preparado.
¡Bingo! Su mirada azul de repente era casi amedrentadora. Me sentía como un bicho empalado en un alfiler. La sutileza no era lo suyo.
– Ponme algunos ejemplos antes de que lleguen los de la científica para que les hagan unas fotos.
Resoplé, aliviada.
– La gabardina que tenía debajo. Hace días que no llueve. Encontraron una gabardina debajo de Julia Wallace. Y han colocado a Mamie junto a un horno pequeño. Encontraron a la señora Wallace cerca de un hornillo de gas. Se desangró hasta morir, al igual que Mamie, creo. Wallace era vendedor de seguros, al igual que Gerald Wright. Estoy segura de que se me escapan más cosas. Mamie tenía la misma edad que Julia Wallace.
Había tantos paralelismos que estaba segura de que no había dado con todos.
Arthur se me quedó mirando pensativo durante unos segundos interminables.
– ¿Hay fotografías del escenario del crimen de los Wallace? -preguntó.
Las fotocopias me habrían venido muy bien en ese momento, pensé.
– Sí, yo he visto una, pero puede que haya más.
