Pensé en lo que acababa de ver. No pensaba en que Mamie estuviese muerta, sobre la realidad y la finalidad de su muerte. Pensaba en la escena que se había montado, cuyo protagonista era el cadáver de Mamie Wright. El reparto era deliberado, pero el papel del descubridor del cadáver había recaído casualmente en mí. Alguien había preparado deliberadamente esa escena, y de repente supe qué me había estado picando bajo el manto del horror.

Pensé más deprisa que nunca. Ya no me sentía tan mal.

Arthur cruzó el pasillo hasta la puerta de la sala grande y la abrió apenas lo suficiente para introducir su cabeza por el hueco. Oí cómo se dirigía a los miembros del club.

– Eh, amigos, ¿amigos? -Las voces callaron-. Ha habido un accidente -dijo enfáticamente-. Voy a tener que pediros que os quedéis en esta sala un rato, hasta que podamos tener las cosas controladas aquí fuera.

Hasta donde yo podía ver, la situación ya estaba completamente controlada.

– ¿Dónde está Roe Teagarden? -reclamó la voz de John Queensland.

El bueno de John. Tendría que decírselo a mi madre; se emocionaría.

– Está bien. Vuelvo dentro de un momento.

– ¿Dónde está mi mujer, señor Smith? -dijo la fina voz de Gerald Wright.

– Volveré dentro de unos minutos -repitió el policía firmemente y cerró la puerta. Se quedó sumido en sus pensamientos. Me pregunté si no sería la primera vez que llegaba el primero a la escena de un crimen. Parecía estar marcando los pasos mentalmente a tenor de la forma que tenía de agitar los dedos mientras miraba al vacío.

Aguardé. Entonces sentí que las piernas me volvían a temblar y temí volver a caerme.

– Arthur -le llamé secamente-. Detective Smith.

Dio un respingo. Se había olvidado de mí. Me tomó del brazo solícitamente.

Le di un golpe con la mano libre por puro agravio.



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