
Visto lo visto, sentía que Arthur Smith era como un amigo de toda la vida, aunque solo fuese por lo tranquila que me sentía a su lado, en comparación con ese gélido hombre y sus terribles preguntas. Precisamente emergió por detrás de su sargento, la expresión neutra y la mirada cauta. Había escuchado al menos una parte de nuestra conversación, que habría parecido rutinaria de no ser por los modales amenazadores de Burns.
– Señorita Teagarden -dijo Arthur con brusquedad-, ¿te gustaría unirte a los demás en la sala de conferencias? Te ruego que no hables con ellos acerca de lo que ha pasado aquí. Y gracias por todo.
Con Gerald probablemente lamentándose en la sala pequeña y Mamie muerta, no me quedaba más remedio que unirme a los demás, salvo que quisiera que me quedase en el servicio.
Con un retortijón de emociones, de entre las que predominaba el alivio, abrí la puerta y sentí una mano en el brazo.
– Lo siento -murmuró Arthur. Por encima de su hombro vi la chaqueta a cuadros del sargento dándome la espalda mientras mantenía la puerta de acceso abierta para dar paso a agentes uniformados cargados con material-. Si no te importa, pasaré a verte mañana por la mañana para hablar del asunto Wallace. ¿Irás a trabajar?
