
– Mañana libro -respondí-. Estaré en casa.
– ¿A las nueve sería muy temprano?
– No, estará bien.
Cuando accedí a la sala más amplia, donde mis compañeros de club estaban encerrados en un mar de ansia, me dio por pensar en la inteligencia a la que se enfrentaba Arthur Smith. Alguien se había esmerado artísticamente en una especie de arte vil. Alguien había lanzado un desafío a cualquiera que estuviese dispuesto a recogerlo. «Averiguad quién soy si podéis, estudiantes aficionados del crimen. Yo me he graduado en la vida real. Esta es mi obra».
Sentí la urgencia instintiva de ocultar mis pensamientos. Despejé la mente de mis malos pensamientos y traté de mirar a los ojos a mis compañeros, que me aguardaban tensamente en la sala. Pero Sally Allison era una profesional a la hora de captar miradas esquivas, y vi cómo entreabría la boca al encontrarse con la mía. Sabía, sin lugar a dudas, que me iba a preguntar si había encontrado a Mamie Wright. No era ninguna tonta. Negué firmemente con la cabeza y ella no se acercó.
– ¿Estás bien, pequeña? -preguntó John Queensland, avanzando con la dignidad que era la piedra angular de su carácter-. Tu madre se va a molestar mucho cuando sepa… -Pero como John, que era un pomposillo, por así decirlo, no tenía ni idea de lo que iba a oír mi madre, tuvo que callarse. Me interrogó con la mirada.
– Lo siento -dije con un leve graznido. Agité la cabeza con irritación-. Lo siento -repetí con más fuerza-. No creo que el detective Smith quiera que diga nada antes de que habléis con él. -Lancé a John una ligera sonrisa y fui a sentarme en una silla junto a la cafetera, procurando ignorar las miradas indignadas y los murmullos de disconformidad que se disparaban en mi dirección. Gifford Doakes no paraba de caminar de acá para allá, como una fiera enjaulada. Los policías de fuera parecían estar poniéndole muy nervioso.
