Mientras ordenaba las galletas sobre la bandeja, Sally empezó a contarme cosas sobre las elecciones que se celebrarían para encontrar a alguien que acabara el mandato de nuestro alcalde, que había muerto de forma inesperada.

– Se quedó tieso en el mismo despacho, según cuenta su secretaria -comentó como si tal cosa mientras ordenaba una nueva fila de Oreos-. ¡Y eso que solo llevaba un mes en el cargo! Se acababa de comprar un escritorio nuevo. -Meneó la cabeza, no sé si porque lamentaba la muerte del alcalde o el desperdicio del escritorio nuevo.

– Sally -dije, sorprendiéndome a mí misma-, ¿dónde está Mamie?

– ¿A quién le importa? -repuso ella con franqueza. Me apuntó con una ceja arqueada.

Sabía que debería reírme, ya que Sally y yo ya habíamos hablado del desagrado que compartíamos acerca de Mamie, pero no me molesté en hacerlo. Sally empezaba a irritarme, ahí, con ese aspecto sensible y atractivo, su sinuosa permanente broncínea, el traje caro bien llevado y los también caros zapatos que le sentaban como un guante.

– Al aparcar -dije con bastante tranquilidad- vi dos coches; el tuyo y el de Mamie. Reconocí el suyo porque tiene un Chevette como el mío, pero blanco en vez de azul. Ambas estamos aquí, así que ¿dónde está Mamie?

– Ha colocado las sillas y ha preparado el café -explicó Sally después de pasear la mirada por los alrededores-. Pero no veo su bolso. Quizá se haya ido a casa a por algo que haya olvidado.

– ¿Y cómo no nos hemos topado con ella?

– Oh, y yo que sé. -Sally empezaba a compartir mi irritación-. Ya aparecerá. ¡Siempre lo hace!

Las dos nos reímos, tratando de disipar nuestro disgusto mutuo en lo divertido que nos parecía que Mamie Wright se empeñase en acudir a todos los eventos a los que asistía su marido, formar parte de todos los clubes a los que se apuntaba y compartir su vida hasta las últimas consecuencias.



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