
Y colgaron.
Aún sostenía el auricular cuando la puerta del baño de señoras se abrió y de él emergió Sally Allison.
Di un respingo.
– Jesús, Roe, ¿tan mal aspecto tengo? -dijo Sally, asombrada.
– No, no, es la llamada. -Estaba a punto de echarme a llorar, y eso me abochornaba. Sally era reportera del diario de Lawrenceton, y era tan buena reportera como mujer dura e inteligente a sus cuarenta años largos. Era la veterana de un precipitado matrimonio adolescente que acabó cuando nació el bebé esperado. Yo había ido a la escuela con ese bebé, llamado Perry, y ahora trabajaba con él en la biblioteca. Odiaba a Perry, pero Sally me caía muy bien, a pesar de que sus implacables interrogatorios en ocasiones me hacían retorcerme. Sally era una de las razones por las que estaba tan bien preparada para mi presentación sobre Wallace.
Invocó todos los hechos relacionados con la llamada en forma de preguntas concisas que condujeron a una sensible conclusión; se trataba de una broma pesada de uno de los socios del club, o quizá del hijo de uno de ellos, ya que la voz parecía bastante juvenil cuando Sally la puso bajo su escrutinio.
Me sentí estafada, aunque también bastante aliviada.
Sally sacó una bandeja y un par de cajas de galletas de la sala de conferencias pequeña. Explicó que las había dejado allí al llegar y de repente sintió la urgencia de las dos tazas de café que se había tomado después de la cena.
– Creía que ni siquiera podría atravesar el pasillo hasta el servicio -dijo, poniendo los ojos en blanco.
– ¿Cómo van las cosas en el periódico? -pregunté tan solo para que Sally siguiese hablando mientras me recuperaba del susto.
Me costaba superar esa llamada tan fácil y lógicamente como Sally. Mientras la seguía hacia la sala más amplia y ella relataba la pelea que había tenido con su nuevo editor, aún podía sentir el regustillo metálico de la adrenalina en la boca. Tenía los brazos con la carne de gallina y me arrebujé en el jersey.
