En ese momento, Melanie, la motivadora, parecía disgustada.

– ¿Qué opinas de todo esto, Melanie? -le pregunté apresuradamente.

Ella se relajó visiblemente cuando di muestras de reconocer su estatus de propietaria. Anoté mentalmente que debía cuidar mis palabras cuando ella estuviese delante, ya que Bankston vivía en una de «mis» casas. A buen seguro, Melanie sabía de la relación que Bankston y yo habíamos mantenido en el pasado, y no le costaría nada hacerse ideas incorrectas sobre nuestra relación arrendador-arrendatario.

– El ejercicio ha hecho maravillas en Bankston -declaró con naturalidad. Pero había un tufillo inconfundible en sus palabras. Melanie quería transmitirme un mensaje específico: Bankston y ella estaban manteniendo relaciones sexuales. Me sorprendió un poco su empeño por que yo me enterara. Sus ojos brillaron, denotando que había un fuego interior que contrastaba con la serenidad aparente. Bajo su melena lisa y negra de corte conservador, bajo su sencillo vestido, Melanie estaba guerrera. Era de caderas y pechos generosos, pero de repente los vi como debía de verlos Bankston: como símbolos de fertilidad en vez de impedimentos. Y tuve otra revelación: no solo se estaban acostando, sino que lo hacían a menudo y de manera exótica.

Observé a Melanie con más respeto. Cualquiera capaz de engañar al escrutinio colectivo de Lawrenceton delante de sus mismas narices bien se lo había ganado.

– Alguien llamó por teléfono antes de que llegaras -empecé diciendo, y me prestaron una atención deliberada. Pero antes de poder contarles el asunto, oí un estallido de risas desde la puerta que se abría. Mi amiga, Lizanne Buckley, entró acompañada por un pelirrojo muy alto. Verla allí fue toda una sorpresa. Era de las que se leían los libros de un año para otro, y sus aficiones, si es que las tenía, no incluían los crímenes.

– ¿Qué demonios hace ella aquí? -inquirió Melanie. Parecía desconcertada, y decidí que teníamos a una nueva Mamie Wright en ciernes.



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