
Lizanne (Elisabeth Anna) Buckley era la mujer más guapa de Lawrenceton. No necesitaba esforzarse lo más mínimo para que todos los hombres se le echaran a los pies, y nunca lo hacía. Ella nunca dudaba en pasarles por encima, tranquila y sonriente, sin bajar nunca la mirada. Era amable, a su manera pasiva y lánguida, y concienzuda, siempre que no se le exigiera demasiado. Su trabajo como recepcionista y telefonista en la compañía eléctrica le sentaba como un guante (y a la compañía también). Los hombres pagaban sus facturas sin dilación y con una sonrisa dibujada en la cara, y cualquiera que se pusiese quisquilloso al teléfono era remitido a instancias superiores en el tótem de mando. En persona, nadie se ponía quisquilloso. Para el noventa por ciento de la población era sencillamente imposible mantener el enfado ante la presencia de Lizanne.
Pero era de las que requieren un entretenimiento constante por parte de sus novios, y el pelirrojo alto de nariz ganchuda y gafas de montura metálica parecía muy empeñado en ello.
– ¿Sabes quién es el que viene con Lizanne? -pregunté a Melanie.
– ¿No lo reconoces? -Su sorpresa era un poco sobreactuada.
Así que se suponía que debía conocerlo. Volví a examinar al recién llegado. Llevaba pantalones holgados y una chaqueta deportiva marrón claro en combinación con una camisa blanca sencilla. Tenía unas manos y unos pies enormes y su pelo bastante largo flotaba sobre su cabeza en un halo cobrizo. Tuve que agitar la cabeza.
– Es Robin Crusoe, el escritor de novelas de misterio -dijo Melanie, triunfante.
La administrativa de una aseguradora metiéndole un gol a la bibliotecaria en su propio campo.
– Parece distinto sin la pipa en la boca -indicó John Queensland por detrás de mi hombro derecho. John, nuestro adinerado promotor inmobiliario y presidente, iba inmaculado, como de costumbre: traje caro, camisa blanca, el pelo color crema suave y su personalidad afilada como una flecha. Se había vuelto una persona más interesante para mí desde que salía con mi madre. Sentía que debía de haber más sustancia debajo de esa apariencia tan estereotipada. Después de todo, era un experto en Lizzie Borden
