Que eran los gemelos que acompañaban a Erin. Eso podía parecer poco importante, pero la ciudad entera sabía la fama que tenían. Matt se volvería loco con ellos en casa.

Pero la única alternativa era invitarles a su casa y eso era algo por lo que no estaba dispuesta a pasar. Su casa estaba muy bien decorada y los niños se la destrozarían por completo.

¿Qué podía hace entonces?. ¿Montar una escena?. ¡No!. Conocía bien a Matt y sabía que no le gustaría nada. Se había esforzado tanto por convencerlo de que era la esposa perfecta, que no podía estropearlo en un segundo.

Al fin y al cabo, aquella caja de terciopelo era como una promesa.

– De acuerdo, cariño- dijo finalmente, ignorando por completo a Erin y volviéndose hacia su futuro marido. Ve delante, que yo te llevaré tu cena.

– ¿La cena?- repitió Matt, que seguía bastante aturdido.

– Venías a mi casa a cenar cuando te paraste por lo del incendio. ¿recuerdas?. Te había preparado unas codornices con una salsa exquisita…Ya verás.

Charlotte lo miró con ojos llenos de amor y él le respondió con gratitud. Pero no quería sus codornices.

– Esta noche lo único que voy a poder comer va a ser una tostada y un huevo pasado por agua. Lo siento, Charlotte, congélalas. Ya las tomaré en otro momento.

Aquello no iba a salir bien.

Erin nunca había estado en casa de Matt, pero al entrar estuvo a punto de salir de nuevo. ¿Los gemelos y esa casa?. No, no y no.

– Será mejor que os quitéis los zapatos- dijo Matt. La alfombra se mancha en seguida.

– Eso me parece- Erin miró al suelo dubitativamente. Luego se quitó los zapatos y ayudó a los gemelos a quitarse los suyos. Los chicos parecían asustados y no dijeron nada. Erin pensó que lo mejor sería bañarlos y llevarlos luego a algún sitio caliente y tranquilo, donde poder abrazarlos y tranquilizarlos.



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