Allí había dos habitaciones con una ducha en medio. Erin se alegró al comprobar que las camas tenían sábanas limpias, como si él estuviera esperando huéspedes.

– Esto también es herencia de mi madre- explicó al ver la cara de sorpresa de Erin. Las camas están todo el tiempo con ropa limpia por si recibo alguna visita inesperada. Como vosotros- añadió, sonriendo.

Aunque era una sonrisa ambigua y fatigada, Erin se quedó impresionada.

Pero en seguida se fijó en que la herida que tenía en la frente estaba sangrando y tenía los ojos rojos por el humo. Matt podía ser un héroe, pero era evidente que estaba agotado emocionalmente por lo sucedido y había inhalado más humo que ella.

– Me temo que no durarán mucho tiempo limpias si mis gemelos las usan- dijo, disculpándose. Entonces dejó en el suelo una bolsa y se volvió hacia Matt. Ahora, date una ducha y luego vete directamente a la cama.

– Ya veremos. Necesito comer algo. Si te parece, nos reuniremos en la cocina cuando hayas acostado a los niños- esbozó una sonrisa de arrepentimiento, bueno, si te atreves a dejarlos solos.

– Esta noche se portarán bien- aseguró Erin, acariciando a los niños. Estos estaban tan cansados que se dormían de pie. ¿Q que sí, chicos?. Creo que se os han quitado las ganas de hacer más travesuras por el momento.

– Lo sentimos mucho, Erin.

Fue lo primero que Erin consiguió sacarles. Les había bañado y secado con las elegantes toallas de la madre de Matt. Incluso después del largo baño, habían dejado alguna mancha gris en la maravillosa tela de algodón. Luego les había metido en la cama. Quisieron dormir juntos, a pesar de que había dos camas en aquella habitación.

En momentos de peligro siempre estaban juntos y no querían separarse.

Y todo el tiempo habían permanecido en silencio.

En ese instante, con unos pijamas un tanto extraños, la miraron a los ojos, desde la almohada compartida. Sus ojos reflejaban todavía el miedo por la impresión sufrida y había arrepentimiento en ellos.



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