– Muy bonito de su parte, Gerhard -respondí-. Mil marcos es un dulce muy apetitoso. Aunque claro, no sería de la Ges tapo si no guardara también un látigo que sacar a pasear en caso de que yo no sea tan goloso como usted me imagina.

Flesch me dedicó una de sus sonrisas sin dientes.

– Sería mala suerte que su origen racial se convirtiera en objeto de investigación -respondió mientras apagaba el cigarrillo en mi cenicero.

Al inclinarse hacia delante y echarse de nuevo hacia atrás, su abrigo de piel emitió un sonoro crujido, como si un montón de goterones hubieran impactado sobre una superficie, como si se lo acabara de comprar en una tienda de recuerdos de la Ges tapo.

– Mi padre y mi madre eran gente religiosa. No veo en ello nada con lo que me pueda intimidar.

– Su bisabuela materna… existe la posibilidad de que fuera judía -añadió.

– Lea un poco la Bib lia, Gerhard. Si retrocedemos lo suficiente resulta que todos somos judíos. Pero además, se equivoca. Era católica, y bastante devota, por lo que yo sé.

– Aun así, se llamaba Adler, ¿no? ¿Anna Adler?

– En efecto, Adler. Diría que tiene razón. ¿Y qué?

– Adler es un apellido judío. Si estuviera viva debería añadir «Sarah» a su nombre, para que la reconociéramos como lo que en realidad era, una judía.

– Aunque eso fuera cierto, Gerhard, aunque Adler fuera un nombre judío, lo cual, a decir verdad, no sé si es cierto, eso significaría que una octava parte de la sangre que corre por mis venas es judía. Y si nos atenemos a la sección dos, artículo cinco de las Leyes de Núremberg, resulta que no soy judío. -Sonreí-. Tiene muy poca habilidad con el látigo, Gerhard.

– Cualquier tipo de investigación suele resultar muy molesta -dijo Flesch-, incluso para un negocio genuinamente alemán. Y en ocasiones se cometen errores. Entonces pueden pasar meses antes de que las cosas vuelvan a la normalidad.



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