
Asentí, a sabiendas de que decía la verdad. Nadie le decía que no a la Ges tapo, al menos no sin que ellotuviera consecuencias. Tenía que optar por lo desastroso o por lo desagradable. Una decisión típicamente alemana. Ambos sabíamos que no tenía otra opción que aceptar lo que me propusiera. Sin embargo, aquello me dejaba en una posición incómoda, por decirlo con suavidad. Al fin y al cabo, tenía fundadas sospechas de que Franz Six se estaba llenando los bolsillos con la guita de Paul Begelmann, pero no me apetecía verme implicado en el pulso de poder que mantenían el SD y la Ges tapo. Por otra parte, parecía evidente que los dos hombres del SD que irían conmigo a Palestina no eran de fiar. Naturalmente, ellos sospecharían de mí y, en consecuencia, me tratarían con cautela. Había muchas probabilidades de que no descubriera absolutamente nada. ¿Acaso la Ges tapo se conformaría con tan poco? Sólo había una forma de averiguarlo.
– Está bien -respondí-. Pero no pienso convertirme en un bocazas y decir un montón de cosas que no son verdad. No puedo. Ni siquiera estoy dispuesto a intentarlo. Si están comprados, les comunicaré que están comprados y me convenceré de que eso es lo que hacemos los detectives privados. Tal vez me quite el sueño, tal vez no. Pero si son tipos legales, ahí terminará la historia, ¿de acuerdo? No pienso tenderle una trampa a nadie para contentarlo a usted y a los demás cabezas cuadradas de Prinz-Albrecht-Strasse. Y puede quedarse con su dulce, no quiero ni probarlo. Haré el trabajo sucio, Gerhard, pero pongamos las cartas sobre la mesa. No juego con barajas marcadas. ¿Estamos?
– Estamos. -Flesch se levantó, se abotonó el abrigo y se colocó el sombrero-. Buen viaje, Gunther. No he estado en Palestina, pero he oído que es un país muy bonito.
– Tal vez debiera visitarlo -dije con entusiasmo-. Estoy seguro de que le encantaría. Se adaptaría en un abrir y cerrar de ojos. En Palestina abundan los Departamentos de Asuntos Judíos.
