
Tras la muerte de su padre, Kirsten había caído en un estado de depresión generalizada y comenzado a beber mucho y a hablar sola. Al principio creí que daba por hecho que yo la estaba escuchando, pero pronto me di cuenta, no sin pesar, de que ése no era el caso. Así que cuando dejó de hacerlo me sentí aliviado. El problema entonces fue que dejó de hablar por completo, y cuando ya era evidente que se había encerrado en sí misma,llamé al médico y éste recomendó su hospitalización.
– Sufre esquizofrenia catatónica aguda -me había dicho el doctor Bublitz, el psiquiatra que trataba a Kirsten, a la semana de su ingreso en el hospital-. No es tan raro. Después de lo sucedido en Alemania, ¿a quién le extraña? Diría que una quinta parte de nuestros pacientes padecen algún tipo de catatonia. Nijinski, el bailarín y coreógrafo, sufrió la misma enfermedad que frau Handlöser.
Como su médico de familia llevaba tratándola desde que era niña, la había ingresado en el Max Planck con su nombre de soltera. (Por mucho que me fastidiara, no daba la impresión de que pudiera hacer nada por rectificar el error, así que dejé de corregir al médico cada vez que la llamaba frau Handlöser.)
