Las ventanas estaban aseguradas con barrotes y las tres mujeres con las que compartía habitación padecían trastornos severos. El lugar apestaba a orina y, de vez en cuando, una de las mujeres gritaba a todo pulmón, soltaba una carcajada histérica o me dirigía improperios indescifrables. Además, las camas estaban infestadas de chinches. Kirsten tenía señales en los brazos y en los muslos y una vez a mí también me picaron. No era fácil reconocer en Kirsten a la mujer con la que me había casado. En los diez meses que habían pasado desde que salimos de Berlín, había envejecido diez años. Tenía el pelo largo, canoso y sucio. Los ojos parecían dos bombillas fundidas. Se sentaba en el borde del armazón metálico de la cama y se quedaba mirando el suelo verde de linóleo como si no hubiera visto nada tan fascinante en toda su vida. Parecía un pobre animal disecado de la colección antropológica que había en el museo de Richard-Wagner-Strasse.

Tras la muerte de su padre, Kirsten había caído en un estado de depresión generalizada y comenzado a beber mucho y a hablar sola. Al principio creí que daba por hecho que yo la estaba escuchando, pero pronto me di cuenta, no sin pesar, de que ése no era el caso. Así que cuando dejó de hacerlo me sentí aliviado. El problema entonces fue que dejó de hablar por completo, y cuando ya era evidente que se había encerrado en sí misma,llamé al médico y éste recomendó su hospitalización.

– Sufre esquizofrenia catatónica aguda -me había dicho el doctor Bublitz, el psiquiatra que trataba a Kirsten, a la semana de su ingreso en el hospital-. No es tan raro. Después de lo sucedido en Alemania, ¿a quién le extraña? Diría que una quinta parte de nuestros pacientes padecen algún tipo de catatonia. Nijinski, el bailarín y coreógrafo, sufrió la misma enfermedad que frau Handlöser.

Como su médico de familia llevaba tratándola desde que era niña, la había ingresado en el Max Planck con su nombre de soltera. (Por mucho que me fastidiara, no daba la impresión de que pudiera hacer nada por rectificar el error, así que dejé de corregir al médico cada vez que la llamaba frau Handlöser.)



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