Una vez allí recorrí las calles del centro, dañadas por el impacto de las bombas, y seguí hasta la esquina con Ludwigstrasse donde, frente a los restos chamuscados del Leuchtenberg Palais y del Odeon, en su día las dos mejores salas de conciertos de la ciudad, tomé un tranvía hacia el norte, rumbo a Schwabing. Allí casi todos los edificios me recordaban a mí; la fachada era lo único que permanecía en pie, de modo que aunque la imagen de la calle no se veía afectada, en realidad todo estaba dañado y no quedaban sino cenizas. Había llegado el momento de reconstruir, aunque no sabía cómo si seguía haciendo lo que llevaba haciendo hasta entonces. Habiendo trabajado como detective para los Adlon a principios de los treinta, algo sabía sobre el funcionamiento de un gran hotel, pero de poco me sirvió para hacerme cargo de uno pequeño. El americano tenía razón. Debía retomar lo que mejor se me daba. Iba a decirle a Kirsten que pretendía poner el hotel en venta y dedicarme de nuevo a la investigación privada. Por supuesto, una cosa era decírselo y otra muy distinta esperar que ella diera la menor señal de haberlo comprendido. Pues aunque yo al menos conservaba la fachada, Kirsten no era más que una ruina de lo que alguna vez fue.

En el extremo norte de Schwabing se encontraba el hospital estatal más importante de la ciudad. Los americanos lo utilizaban como hospital militar, por lo que los alemanes tenían que ir a otro lugar. Todos salvo los locos, que eran enviados al Instituto de Psiquiatría Max Planck, a la vuelta de la esquina del edificio principal, en Kraepelinstrasse. La visitaba tan a menudo como me era posible habida cuenta de que debía hacerme cargo del hotel, por lo que en los últimos tiempos había ido hasta allí en contadas ocasiones.

La habitación de Kirsten ofrecía una vista sobre el Prinz Luitpold Park y se extendía hasta el sureste de la ciudad pero no por ello era confortable.



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