
– Vaya, ¿y eso?
– En primer lugar, no abundaban tanto como en estos días. Y en segundo lugar, entonces el asunto parecía tener más importancia. Me resultaba gratificante proteger a la sociedad. Hoy en día no sabría por dónde empezar.
– Da la impresión de que no aprueba todo lo que el Partido ha hecho por Alemania -replicó.
– Se equivoca -añadí, tratando de medir mi insolencia-. No desapruebo nada de lo que se haga por Alemania. -Encendí un cigarrillo y dejé que pensara en el sentido oculto de mis palabras mientras me recreaba en una imagen mental de mi puño chocando contra la mandíbula prominente de aquel niñato-. ¿Tiene nombre o se lo reserva para sus amigos? Ya sabe, aquellos que le mandaban tarjetas por su cumpleaños. Eso suponiendo que recuerde la fecha, claro está.
– Tal vez podamos ser amigos -dijo con una sonrisa. Aquella sonrisa me ponía enfermo, era el tipo de mueca que delataba que quería algo de mí. Sus pupilas tenían una especie de brillo afilado que se escapaba de sus ojos como la punta de una espada-. Quizá podamos ayudarnos el uno al otro. Para eso están los amigos, ¿no? Tal vez le haga un favor, Gunther, y usted se sienta tan y tan agradecido que me mande una de esas tarjetasque ha mencionado. -Asintió con la cabeza-. Me gustaría mucho. Sería todo un detalle. Una tarjeta con mensaje.
Exhalé parte del humo en su dirección. Empezaba a estar cansado de su pose de tipo duro.
– Dudo que le gustara mi sentido del humor, pero estoy dispuesto a que me demuestre que me equivoco. De hecho, sería interesante que la Ges tapo me demostrara que me equivoco.
– Soy el inspector Gerhard Flesch -dijo.
– Encantado de conocerle, Gerhard.
– Dirijo el Departamento de Asuntos Judíos de la SI PO -añadió.
– ¿Sabe qué? Estoy pensando en abrir uno de esos aquí. De repente todo el mundo tiene un Departamento de Asuntos Judíos. Debe de ser un buen negocio. El SD, el Foreign Office, y ahora la Ges tapo.
