
Tenía unos veintitantos, una incipiente calvicie, la boca torcida y una mandíbula prominente y delicada que me hizo pensar que estaba más acostumbrado a repartir golpes que a recibirlos. Sin decir palabra, lanzó su sombrero mojado sobre la carpeta que tenía encima del escritorio, se desabotonó el abrigo que le cubría el elegante traje azul marino, se sentó en la silla que había frente a mí, sacó un paquete de cigarrillos y encendió uno, todo ello mientras me vigilaba como un águila observa a un pez.
– Bonito sombrero -dije transcurridos unos segundos-. ¿De dónde lo ha robado? -Lo agarré y se lo lancé a las rodillas-. ¿O sólo quería que yo y mis rosas supiéramos que está lloviendo?
– Me han dicho que era un tipo duro en Alex -dijo, y soltó la ceniza de su cigarrillo sobre mi alfombra.
– Era un tipo duro cuando estaba en Alex -respondí. Alex era el nombre con el que se conocía la jefatura de Policía, situada en Alexanderplatz, Berlín-. Me dieron una de esas pequeñas insignias. Cualquiera puede parecer duro con una chapita de la KRI PO en el bolsillo. -Me encogí de hombros-. Pero si eso dicen, debe ser cierto. Los polis de verdad, como los de Alex, nunca mienten.
La pequeña boca de aquel hombre dibujó una sonrisa tensa y sin dientes que tenía el aspecto de una cicatriz recién cosida. Se llevó el cigarrillo a los labios y dio una larga calada, como si tratara de sorber un hilo con el que atravesar el ojo de una aguja. O mi ojo. No creo que le hubiera importado.
– De modo que usted es el machote que atrapó a Gormann, el estrangulador.
– De eso hace ya mucho tiempo -respondí-. Era mucho más sencillo atrapar asesinos antes de que Hitler subiera al poder.
