– No me negué a coger un taxi -explicó John, defendiéndose, mientras Pascale seguía quejándose de él-. ¡No encontramos ninguno!

– ¡Bah! -dijo ella, lanzando rayos por los ojos, fulminando a su marido con la mirada-. ¡Ridículo! ¡Lo que pasa es que no querías pagar un taxi!

John era famoso por su cicatería entre todos los que lo conocían. Pero con la nieve que caía sin cesar, era muy posible, por lo menos en este caso, que no hubieran conseguido encontrar taxi. Por una vez, parecía estar curiosamente tranquilo ante el ataque de su mujer mientras entraban en la sala con Eric para reunirse con los demás. Estaba de un humor excelente al saludar a sus amigos.

– Perdón por llegar tarde -dijo sosegadamente.

Estaba acostumbrado a los arrebatos incendiarios de su esposa y, por lo general, no le perturbaban. Pascale era francesa, se ofendía fácilmente y se indignaba con frecuencia. John, por regla general, era mucho más tranquilo, por lo menos al principio. Le costaba un poco más reaccionar y acalorarse. Era robusto y muy fuerte. Había jugado a hockey sobre hielo en Harvard. Él y Pascale ofrecían un interesante contraste visual; ella, tan delicada y menuda, y él fuerte, con hombros anchos y lleno de vigor. Todos llevaban años comentando lo mucho que se parecían a Katherine Hepburn y Spencer Tracy.

– Feliz Año Nuevo a todos -dijo John, con una amplia sonrisa, aceptando una copa de champán que le daba Diana.

Mientras, Pascale besaba a Eric en las dos mejillas y luego hacía lo mismo con Anne y Robert. Un segundo después, Diana la abrazaba y le decía lo encantadora que estaba. Siempre lo estaba. Tenía unos rasgos exquisitos y exóticos.

– Alors, les copains -dijo-, ¿qué tal fue la Navidad? La nuestra fue horrible -añadió sin detenerse a respirar-. A John, el traje que le regalé le pareció espantoso y él me compró una estufa, ¿os lo podéis imaginar? ¡Una estufa! ¿Y por qué no un cortacésped o un camión?



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