
– Voy a disfrutar mucho más de mis nietos cuando empiece a perder el oído -dijo Robert, depositando el vaso encuna de la mesa de centro, justo en el momento en que sonaba el timbre de la puerta.
Eran casi las ocho y media, un récord de puntualidad para los Donnally, quienes solían llegar tarde y se acusaban mutuamente por ello, insistiendo con vehemencia que era culpa del otro. Ese día no era diferente.
Eric les abrió la puerta mientras Diana seguía hablando con los Smith y, un segundo después, todos podían oír a Pascale y John.
– Siento mucho llegar tarde -decía Pascale con su marcado acento francés.
Aunque llevaba casi treinta años viviendo en Nueva York y hablaba inglés de forma impecable, nunca había conseguido librarse de su acento ni tampoco había intentado hacerlo. Seguía prefiriendo hablar en francés siempre que era posible, con gente que se encontraba, con los vendedores de las tiendas, con los camareros y varias veces a la semana con su madre, por teléfono. John clamaba que pasaban horas al teléfono. Pese a sus veinticinco años de matrimonio, John seguía negándose rotundamente a aprender francés, aunque entendía palabras clave aquí y allí y era capaz de decir «Merde» con un acento muy convincente.
– ¡John se negó en redondo a coger un taxi! -exclamaba Pascale incrédula y escandalizada mientras Eric le cogía la chaqueta con una sonrisa cómplice. Le encantaban sus historias-. ¡Me obligó a coger el autobús para venir! ¿Puedes creértelo? ¡En Nochevieja y con traje de noche!
Parecía llena de indignación mientras se apartaba un rizo de pelo negro de los ojos. Llevaba el resto del pelo recogido hacia atrás en un apretado moño, igual al que usaba cuando bailaba, solo que ahora llevaba la parte de delante menos tirante. Pese a sus cuarenta y siete años, seguía habiendo algo abrumadoramente sensual y exquisito en ella. Era pequeña, delicada y grácil y sus ojos verdes centelleaban mientras le contaba a Eric su trágica historia.
