
Todos recordaban la media docena de años durante los cuales había ido informándoles regularmente sobre los tratamientos intensivos, los medicamentos que tomaba, las inyecciones que John tenía que ponerle varias veces al día y sobre su fracaso en quedarse embarazada. El grupo les había prestado un apoyo inquebrantable, pero todo había sido en vano. Fue una época horrible para John y Pascale y todos temieron que acabara costándoles su matrimonio, pero por fortuna, no fue así.
Para Pascale la auténtica tragedia llegó cuando John se negó de forma tajante a adoptar un niño. Para ella, fue la sentencia definitiva a que la condenaban; nunca tendría un hijo. Y, por lo menos en aquella época, eso era lo único que quería. En los últimos años afirmaba que ya no pensaba en ello, pero todavía parecía nostálgica, a veces, cuando los demás hablaban de sus hijos. Eric incluso había tratado de hablar con John, de convencerlo para que adoptaran a un niño, pero él se había mostrado intransigente al respecto. Su obstinación era absoluta y por mucho que significara para Pascale, se negaba a considerar siquiera la posibilidad de la adopción. No quería criar, mantener o tratar de querer al hijo de otros. Había dejado muy claro que no podía hacerlo, ni siquiera por ella. Los demás lo habían lamentado mucho por ellos.
Pero no hablaron de eso entonces mientras se dirigían hacia la mesa elegantemente dispuesta. Diana preparaba las mesas más bonitas del grupo y hacía los arreglos florales más estéticos. Esa noche había combinado aves del paraíso con orquídeas y había distribuido por toda la mesa campanillas de plata y bellos candelabros, también de plata, con altas velas blancas. El mantel bordado que cubría la mesa había pertenecido a su madre y era espectacular. El conjunto tenía un aspecto soberbio.
