
– No sé cómo lo haces -dijo Anne con admiración, captando la magia que Diana había creado.
Mientras, la propia Diana permanecía de pie con un porte tan elegante como su mesa, vestida con un traje de satén blanco que tenía el mismo color que su pelo y realzaba su juvenil figura. Se conservaba casi en tan buena forma como Pascale, aunque no del todo, porque esta pasaba seis horas al día bailando con sus alumnos. Anne no había recibido tantos dones como las otras dos mujeres; era atractiva, pero también alta y con huesos más grandes que ellas y, de vez en cuando, se quejaba de que la hacían sentir como una amazona cuando estaban a su lado. Pero en realidad, no le preocupaba; era brillante, divertida, segura de sí misma y era evidente, incluso para ella, lo mucho que Robert la amaba. Le había dicho con frecuencia, a lo largo de los años, que era la mujer más hermosa que había visto nunca y lo decía en serio.
Eric rodeó con el brazo a Diana y la besó antes de sentarse a la mesa, agradeciéndole el bello trabajo que había hecho, mientras Pascale dirigía una mirada fulminante a John desde el otro lado de la mesa.
– Si tú me hicieras eso, la conmoción me provocaría un ataque cardíaco -dijo riñéndolo-. Tú nunca me besas y nunca me das las gracias. ¡Por nada!
Pero pese a sus frecuentes quejas, no había rencor en su voz.
– Gracias, cariño -le respondió John sonriéndole con benevolencia desde su asiento-, por todas esas maravillosas cenas que me dejas congeladas.
Al decirlo, se echó a reír con buen humor. Con frecuencia, ella asistía a clase de danza por la noche, después de las clases que ella misma daba durante todo el día, y no tenía tiempo de prepararle la cena.
– ¿Cómo puedes decir eso? La semana pasada te dejé un cassoulet y hace dos días un coq au vin… ¡No te los mereces!
– No, tienes razón. Además, cocino mejor que tú -dijo riéndose de ella.
– ¡Eres un monstruo! -exclamó ella, con los verdes ojos relampagueando-. Y no pienso coger el autobús para volver a casa. Voy a coger un taxi sola, John Donnally, y no te permitiré que vengas conmigo.
