
Anne sopesó la idea, con aire pensativo, y luego asintió.
– A decir verdad, me gusta la idea. Robert y yo fuimos a Saint-Tropez con los chicos hace diez años y nos encantó. Es bonito, al lado del mar, la comida es estupenda y está lleno de animación.
Robert y ella habían pasado una romántica semana allí, a pesar de los niños.
– Podríamos alquilar una casa para el mes de agosto y, John -prometió Diana poniendo una cara muy seria-, te prometo que no dejaremos que la madre de Pascale se acerque para nada.
– En realidad, puede que tengamos suerte. Siempre va a Italia en agosto.
– Lo ves, sería perfecto. ¿Qué pensáis todos? -preguntó Diana, impulsando el proyecto.
Robert mostró su aprobación asintiendo con la cabeza. Saint-Tropez sonaba bien; era civilizado y divertido y podían alquilar un barco para ir hasta otros lugares de la Riviera.
– Me gusta la idea -admitió Robert.
Eric secundó la moción.
– Voto por Saint-Tropez -dijo solemnemente-, si encontramos una casa decente. Pascale, ¿qué te parece? ¿Puedes encargarte de esa parte por nosotros?
– No hay problema. Conozco algunos agentes inmobiliarios muy buenos en París. Y si puede dejar a mi abuela, mi madre podría ir a ver algunos en mi nombre.
– No -dijo John enfáticamente-, déjala fuera de esto. Elegirá algo que detestaremos. Habla tú directamente con los agentes.
Pero no puso objeciones al lugar, aunque estaba en una zona a la que solía referirse como el país de las ranas.
– ¿Es unánime, pues? -preguntó Diana, mirando en torno a la mesa, y todos asintieron-. Entonces, será Saint-Tropez en agosto.
Pascale estaba radiante. Nada en el mundo la atraía más que pasar un mes en el sur de Francia con sus mejores amigos. Incluso John parecía bastante resignado. En ese momento, Eric anunció que era medianoche.
– Feliz Año Nuevo, cariño -dijo besando a su esposa.
