La luz era suave y el aroma procedente de la cocina, delicioso. Pascale había preparado una crema de setas y conejo en salsa a la mostaza como plato principal. Y John había abierto varias botellas de Haut-Brion.

– Huele de maravilla -dijo Anne, calentándose las manos ante el fuego que John había encendido, mientras Pascale pasaba una bandeja con unos canapés de aperitivo.

– No creas todo lo que hueles -le advirtió John, sirviéndoles una copa de champán-. La cena la ha hecho ya sabéis quién -añadió con un gesto de advertencia.

– Toi alors! -le respondió Pascale con una mirada furiosa, antes de desaparecer en la cocina para ver cómo iba la cena.

Cuando volvió para sentarse con ellos en uno de los sofás de terciopelo rojo de la sala, les dijo que tenía buenas noticias para todos. Encima de la chimenea había un cuadro magnífico y velas encendidas por todas partes. En una de las paredes había docenas de fotografías de Pascale con el New York Ballet. La habitación reflejaba las personalidades de los dos, los lugares donde habían estado y su forma de vida. El ambiente de la sala era claramente francés. Incluso había un paquete de Gauloise abierto encima de la mesa. A Pascale le apetecían, de vez en cuando, mientras John fumaba sus puros.

– Venga, cuéntanos, ¿en qué has andado metida? -preguntó Diana, recostándose en el sofá, con su traje pantalón negro de corte impecable, y bebiendo champán.

Había estado trabajando mucho todo el día, organizando otra comida para recaudar fondos en Sloan-Kettering. Eric había estado en pie tres noches seguidas trayendo niños al mundo. Todos parecían más callados de lo usual y algo cansados.

– ¡He encontrado una casa! -dijo Pascale, con una enorme sonrisa, mientras se dirigía hacia un magnífico escritorio antiguo que John y ella habían encontrado en Londres años atrás. Volvió con un grueso sobre de papel Manila y entregó un montón de fotografías a sus amigos-. Voila! Es exactamente lo que queríamos.



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