– Igual que yo -dijo Anne sonriendo-. ¿Todos de acuerdo, entonces? ¿Lo hacemos?

Calcularon rápidamente cuánto le costaría a cada pareja y, aunque John se llevó la mano al pecho, fingiendo que le fallaba el corazón, cuando convirtió la cantidad a dólares, al final todos aceptaron que, para una casa tan grande y bien cuidada como aquella, era un precio justo y valía la pena.

– Trato hecho, pues -dijo Robert, con aspecto de estar encantado.

Sabía que podría organizarse para tomarse el mes libre y quería que Anne se tomara unas vacaciones. Parecía muy cansada y hasta ella misma reconocía que trabajaba demasiado. Robert le había dicho recientemente que creía que debería pensar en retirarse. La vida era demasiado corta para pasar todas las horas del día en el despacho, en el tribunal o preparando argumentos jurídicos para sus abogados. Aunque adoraba su trabajo, la sometía a mucha tensión y sus clientes le exigían mucho. Trabajaba por las noches y, a veces, incluso durante el fin de semana y, aunque su carrera era su pasión, él estaba empezando a pensar que era hora de que aflojara la marcha. Quería pasar más tiempo con ella.

– ¿Te tomarás todo el mes libre? -le preguntó a su esposa, mirándola significativamente, cuando Pascale los llamó a cenar, y Anne asintió, con una sonrisa en los ojos-. ¿Lo dices de verdad? Voy a hacer que cumplas tu palabra, ¿sabes? -dijo y, atrayéndola hacia él, la besó.

Tenía muchas ganas de que pasaran ese mes juntos, en Francia. Los dos últimos años, ella había tenido que interrumpir sus vacaciones para volver al despacho y resolver situaciones críticas de sus clientes.

– Prometo quedarme todo el tiempo -dijo ella solemnemente, y hablaba en serio. Por lo menos, en aquel momento.

– Entonces, vale cada penique que cueste -dijo Robert, feliz, mientras entraban en el comedor cogidos del brazo.

Juntos, tenían un aspecto muy distinguido y muy cálido.



24 из 170