– ¿Crees que estará tan bien como en las fotos? -preguntó Robert prudentemente, sirviéndose otro de los canapés de Pascale.

Sus habilidades culinarias eran mucho mejores de lo que John admitía. Ya habían devorado la mayoría de los pequeños y bonitos canapés y el aroma que llegaba desde la cocina era delicioso.

– ¿Por qué tendrían que mentirnos? -preguntó Pascale, con aire sorprendido. John le había planteado lo mismo-. La he buscado a través de un agente muy acreditado, pero puedo pedirle a mi madre que vaya a verla, si queréis.

– ¡Cielo santo, no! -dijo John, con aspecto horrorizado-. No permitamos que se meta en esto. Les dirá que soy un rico banquero estadounidense y doblarán el precio.

Parecía angustiado solo de pensarlo, y los demás se rieron de él.

– Creo que parece absolutamente perfecta -dijo Anne atinadamente. El proyecto había despertado su entusiasmo desde el principio-. Creo que tendríamos que decidirnos, para evitar que se la queden otras personas. Incluso si resulta ser un poco menos perfecta que en las fotos, ¿y qué? ¿Cómo de malo puede ser un mes en una villa en el sur de Francia? Voto porque les enviemos un fax esta noche y les digamos que sí que la queremos -dijo con decisión, dirigiendo una cálida sonrisa a Pascale-. ¡Has hecho un trabajo estupendo!

– Gracias -respondió Pascale, con una mirada extasiada.

Le encantaba la idea de un mes adicional en Francia. Siempre pasaba la mayoría de junio y todo julio con su familia en París. Pero este año también podría estar en agosto.

– Estoy de acuerdo con Anne -dijo Robert, sin vacilar-. Y me gusta la idea de las habitaciones de invitados. Sé que a nuestros hijos les encantaría ir unos cuantos días, si a vosotros no os importa.

– Apuesto a que a los nuestros también -afirmó Eric, y Diana asintió.

– No sé si el marido de Katherine podrá escaparse, pero sé que a ella le entusiasmaría ir con los niños y Samantha está loca por Francia.



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