
Parecía como si las vacaciones estuvieran todavía muy lejos.
– A mí también -respondió Robert.
El taxi los dejó frente a su casa en East Eighty-ninth Street y se apresuraron a entrar para refugiarse de la lluvia. Mientras la miraba quitarse el abrigo en su cómodo piso, pensó que su esposa parecía pálida.
– Me gustaría que te tomaras algún tiempo libre antes del verano. ¿Por qué no cogemos un fin de semana largo y nos vamos a algún sitio cálido unos cuantos días?
Se preocupaba por ella; siempre lo había hecho. Era lo más precioso de su vida. Más aún que sus hijos, Anne siempre había sido su máxima prioridad. Era su amor, su confidente, su aliada, su mejor amiga. Era el centro de su existencia.
En los treinta y ocho años que llevaban juntos, cuando estaba embarazada y en las escasas ocasiones en que había estado enferma, la había tratado como si fuera un precioso y frágil objeto de cristal antiguo. Por naturaleza, él era una persona muy cariñosa. Era algo que ella amaba en él; su ternura, su atención, la amabilidad de su carácter. Lo había percibido la primera vez que se vieron y los años le habían demostrado que no se había equivocado. En cierto sentido, ella era más resistente que él, más dura, más fuerte y, en algunas cosas, menos indulgente. Cuando defendía los derechos de sus clientes o a sus hijos, era temible, pero su corazón siempre había pertenecido a Robert. No se lo decía con frecuencia, pero el suyo era un vínculo que había vencido la prueba del tiempo y necesitaba de pocas palabras. Cuando eran jóvenes, solían hablar más, de sus esperanzas, de sus sueños y de cómo se sentían. Robert era el romántico, el soñador que imaginaba cómo serían los años venideros. Anne siempre era más práctica y más inmersa en su vida diaria.
