
– ¿Qué quieres hacer mañana? -le preguntó él, cuando ella se metía en la cama, a su lado, con un camisón de franela azul.
Era una mujer atractiva, no guapa, pero sí distinguida, elegante y bien parecida. En algunos aspectos, pensaba que era, ahora, incluso más atractiva que cuando se casaron. Tenía ese aspecto que mejora con el paso del tiempo. Se conservaba bien, su compañera de toda la vida.
– Mañana, quiero dormir hasta tarde y luego leer el periódico -respondió ella, bostezando-. ¿Quieres que vayamos al cine por la tarde?
Les gustaba el cine; por lo general, películas extranjeras o melodramas que, la mayoría de veces, hacían llorar a Robert. Cuando eran jóvenes, Anne solía burlarse de él. Ella nunca lloraba en el cine, pero adoraba la ternura de su marido y su bondadoso corazón.
– Suena bien.
Lo pasaban bien juntos, les gustaban las mismas personas, disfrutaban de la misma música y de los mismos libros, de la mayoría de las mismas cosas, más aun ahora que en sus primeros años juntos. Al principio, había más diferencias entre ellos, pero Robert había compartido tanto con ella a lo largo del tiempo, que sus gustos habían confluido y sus diferencias, desaparecido. Lo que compartían ahora era enormemente confortable, como una enorme cama de plumas en la que se sumergían, cogidos de la mano, totalmente a sus anchas.
