– Me alegro de que Pascale haya encontrado la casa -dijo Anne mientras se iba quedando dormida, acurrucada contra él-. Creo que este verano que viene lo vamos a pasar bien de verdad.

– Me muero de impaciencia por ir a navegar contigo -dijo él, atrayéndola hacia sí.

Se había sentido excitado, unas horas antes, mientras se vestían para ir a casa de los Donnally, pero ahora, ella parecía tan cansada que le habría parecido injusto tratar de que hicieran el amor. Trabajaba demasiado, se exigía demasiado. Tomó nota mentalmente de hablarle de ello al día siguiente; no la había visto tan agotada desde hacía años. Ella se quedó dormida entre sus brazos, casi instantáneamente. Unos minutos después, también él dormía, roncando con suavidad.


Eran las cuatro de la madrugada cuando se despertó y oyó a Anne en el baño; tosía y parecía que estuviera vomitando. Veía la luz por debajo de la puerta y esperó un poco para ver si volvía a la cama, pero al cabo de diez, minutos no se oía nada y ella seguía sin salir del baño. Finalmente se levantó y llamó a la puerta, pero ella no contestó.

– Anne, ¿estás bien? -Esperaba oírle decir que no le pasaba nada y que volviera a la cama, pero de allí dentro no salía sonido alguno-. ¿Anne? Cariño, ¿te encuentras mal?

La cena que Pascale había preparado era deliciosa, pero sustanciosa y muy condimentada. Esperó un par de minutos más y, luego, giró suavemente el pomo y miró al interior. Lo que vio fue a su esposa, caída en el suelo, con el pelo desordenado y el camisón torcido. Era evidente que había estado vomitando; estaba inconsciente y tenía la cara gris, con los labios casi azules. Verla así lo aterrorizó.



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