El timbre sonó exactamente a las ocho menos cinco y ni Eric ni Diana se sorprendieron cuando, al abrir la puerta, se encontraron a Anne, vestida con un traje de noche negro de cuello alto, unos discretos pendientes de perlas en las orejas y el pelo gris recogido en un moño, y a Robert, con esmoquin y el pelo blanco como la nieve y perfectamente peinado, de pie en el umbral, sonriéndoles.

– Buenas noches -dijo Robert con un destello en los ojos, mientras se inclinaba desde su considerable altura para besar a Diana y los cuatro se deseaban un feliz año nuevo-. ¿Llegamos tarde? -preguntó Robert, con aspecto preocupado. Era puntual en grado sumo, igual que Anne-. El tráfico estaba imposible.

Vivían en East Eighties, mientras que Pascale y John tenían que desplazarse desde su piso cerca del Lincoln Center, en el West Side. Pero solo Dios sabía cuándo llegarían. Para mayor complicación, había empezado a nevar, lo cual haría que les resultara difícil encontrar un taxi.

Anne se quitó el abrigo y sonrió a Diana. Aunque solo era seis años mayor que ella, parecía su madre. Tenía unos cálidos ojos castaños y llevaba el pelo gris plateado recogido en un moño. Era bonita, pero nunca se había interesado por su aspecto. Casi no llevaba maquillaje y tenía una piel sedosa exquisita. Prefería dedicar su tiempo al arte, el teatro, los libros difíciles de entender y la música, cuando no estaba ocupada en su bufete legal especializado en asuntos de familia. Era una ardiente defensora de los derechos de los niños y, en los últimos años, había gastado una enorme cantidad de dinero colaborando en la puesta en marcha de programas de ayuda para mujeres maltratadas. Era una labor de amor, por la cual había recibido numerosos premios. Robert y ella compartían la pasión por la ley, la difícil situación de los niños y de las víctimas del maltrato y ambos eran bien conocidos por su apoyo a las causas humanitarias.



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