Unos años atrás, Anne había pensado seriamente en entrar en política y la animaban a hacerlo, pero había decidido no hacerlo por el bien de su esposo y sus hijos. Prefería la vida privada a la pública y no tenía ningún deseo de soportar la atención que se habría centrado en ella. Pese a sus considerables cualidades profesionales, era admirablemente modesta, hasta el punto de ser humilde y Robert estaba muy orgulloso de ella. Era uno de sus más abiertos admiradores.

Cuando Anne se sentó en la sala, Eric se acomodó a su lado en el sofá y le rodeó los hombros con el brazo.

– Bien, ¿y dónde habéis estado estas dos últimas semanas? Me parece que hace siglos que no nos veíamos.

Como cada año, Robert y Anne habían pasado las vacaciones en Vermont, con sus hijos y nietos. Tenían dos hijos casados y una única hija, que había terminado sus estudios de derecho hacía poco. Pero no importaba donde estuvieran ni qué hicieran, siempre volvían para pasar la Nochevieja con sus amigos. Solo habían faltado un año, cuando el padre de Anne murió y ella tuvo que ir a Chicago, para estar con su madre. Pero excepto esa vez, la reunión era un compromiso sagrado para los seis.

– Estuvimos en Sugarbush, cambiando pañales y buscando manoplas perdidas -explicó Anne con una sonrisa.

Tenía un rostro bondadoso y ojos risueños. Tenían cinco nietos y dos nueras, que Diana intuía que a Anne no le gustaban, aunque nunca lo diría en voz alta. Ninguna de las dos trabajaba y Anne no aprobaba que sus hijos les consintieran todos los caprichos. Pensaba que las mujeres debían trabajar. Ella siempre lo había hecho. En la intimidad de su propio hogar, Anne le había dicho repetidas veces a Robert que pensaba que sus nueras estaban muy consentidas.

– Y a ti, ¿qué tal te han ido las vacaciones? -Anne sonrió a su viejo amigo al preguntarlo. Eric era como un hermano para ella, desde hacía muchos años.



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