
– Gracias, mamá.
Entre la gente común, alguien que mide 1,72 es apenas alto, pero en mi familia soy un gigante piel roja.
Mi madre abre su bolso de lentejuelas con forma de copa de martini, saca un vaporizador de Dolce & Gabbana con tapa roja y se rocía la nuca.
– ¿Quieres un poco? -me ofrece.
– No. Creo que iré con mi fragancia natural a la mesa de los «amigos».
Mi madre alza el brazo y rocía su cabello; lleva un moño en forma de cruasán, salpicado de lentejuelas de coral que, dependiendo de la latitud y longitud en la que te encuentres bajo las luces de la pista de baile, pueden cegarte de por vida.
En mi infancia solía observar su transformación frente al espejo antes de salir con mi padre. Eficiente y organizada, se colocaba de pie ante su tocador y estudiaba las herramientas. Abría los estuches de sombras, destapaba los tubos y agitaba los frascos. Entonces se ponía a pensar mientras hacía girar el lápiz de ojos en el sacapuntas. Con el tiempo, una cerosa S de color chocolate caía en la papelera. Tomaba el lápiz y lo deslizaba sobre el borde del párpado inferior; así lo dejaba listo para los trazos más amplios. Luego elegía una brocha, la sumergía en la paleta de colorete y, después, como si fuera Miguel Ángel pintando la pestaña de un santo en el techo de la Capilla Sixtina, daba minúsculas pinceladas debajo de la ceja.
– ¿Pasa algo, Valentine?
– No, sólo que te quiero, eso es todo.
– No puedo esperar -empieza mi madre, pero luego se detiene a pensar-. ¿Sabes qué? Si eres la única de mis hijas que se queda soltera hasta la vejez, estaré orgullosa de ti todos los días de tu vida. Si eso es lo que quieres.
Es lo que más me gusta de ella. Mamá cree que estar sola es un padecimiento, el equivalente a perder una mano, pero nunca me hace sentir que debo estar de acuerdo con ella.
– Mamá, soy feliz.
– Podrías ser más feliz.
– Supongo que eso es verdad.
