
– Debo irme, viene el plato principal.
Los «amigos» toman sus asientos y asienten aprobatoriamente ante los platos. El solomillo es caro y demuestra el nivel de opulencia, algo que los italoamericanos aprecian más que el fin de la guerra fría y los tubos de pasta de anchoa por encargo.
– Entonces, ¿cómo va la zapatería? -pregunta Ed Delboccio. Su calva se parece a las campanas de plata de las fuentes de ensalada que los camareros han apilado en la esquina-. Dime una cosa, ¿en estos tiempos alguien quiere zapatos hechos a mano?
– Por supuesto. -Trato de no sonar irritada, pero seguro que no lo he logrado, porque todos en la mesa me miran.
– No te ofendas -dice el señor Delboccio, y sonríe-, es sólo una pregunta para sacar un tema de conversación. ¿Por qué alguien encarga zapatos hechos a la antigua usanza si puede comprarlos baratos en estos centros comerciales de saldos? Shirley es una asidua de esos almacenes, KGB…
– DSW -lo corrige su esposa.
– Lo que sea, lo bueno es que me he ahorrado un montón de pasta en estos lugares de saldos, créeme.
La señora Delboccio le da un codazo.
– Por Dios, Ed, es totalmente diferente. No le compras zapatos a Valentine como si los compraras en Payless. Son un lujo. Y Valentine trabaja con Teodora, ella es… -Me hace señas con el tenedor mientras busca la palabra.
– Ella es la maestra y yo soy su aprendiza.
– También cuidas de tu abuela, ¿verdad? -dice la señora Delboccio.
– Ella se cuida sola.
– Pero vives con ella, lo cual está muy bien. Estás renunciando a tu libertad por cuidar a Teodora, eso es muy generoso.
