
La señora Delboccio sonríe, sus labios se estiran como la cremallera de un monedero. Su cabello color magenta está apilado sobre su cabeza y lo ha rociado con laca para darle un acabado brillante. Se ajusta el prominente collar de oro stampato. Las uñas púrpura combinan con su vestido, que hace juego con los zapatos.
– Hoy en día es raro encontrar una chica que cuide de una persona mayor -dice el señor Delboccio. Cuando se inclina hacia mí exhala su aliento, que huele a una mezcla de canela y embutido de cabeza de jabalí, no estropeado, sólo refrigerado-. Por eso estoy ahorrando, me iré a uno de esos apartamentos en un hogar de ancianos. Tendré que pagar por lo que mis padres y los de Shirl tienen gratis. Cuando llegue la hora, Dios no lo permita, dudo que nuestros hijos nos acojan.
La señora Delboccio le lanza una mirada reprobatoria.
– Bueno, no lo harán, Shirl. Hay que admitirlo -replica el señor Delboccio mientras toma su cuchillo y aplasta un poco de patata contra el pedazo de carne que ya está en su tenedor y lo mete en su boca-. Ellos tienen sus propias vidas, no es como nuestra generación. Nosotros acogíamos a todos los miembros de la familia sin tener en cuenta su condición; no imagino a nuestros hijos haciendo lo mismo.
– ¿Por qué te convertiste en zapatera? -pregunta la señora La Vaglio. Es una rubia delgada, lleva, aún hoy, el mismo corte de pelo que Linda Evans en Dinastía. Los La Vaglio viven en Ohio. Supongo que mi historia no es conocida en el Medio Oeste.
– Daba clases de literatura en un instituto de Queens -empiezo.
– Y entonces rompiste con tu novio. ¿Cuántos años estuviste con él? -me interrumpe. Supongo que, después de todo, mi historia sí llegó a Ohio.
– Durante la universidad y algo más. -No iba a dar una cronología a esta gente. Usarían la pasta de aceitunas para marcar mi frente con una P de «perdedora».
